lunes, 17 de noviembre de 2008

Jesús y Buda: las enseñanzas secretas



La doctrina y las enseñanzas de Jesús no estaban destinadas a fundar una religión, sino a crear escuelas que condujeran a la iluminación espiritual. Aunque sus destinos fueron diferentes, algo semejante ocurrió con Buda. Ambos quisieron acercarnos al mismo cielo: el reino del Padre y el Nirvana pueden ser equivalentes.
Hace más de dos milenios Jesús de Nazaret, más tarde convertido en el Cristo, rompe con la visión tribal del judaísmo tradicional y enseña una doctrina espiritual dirigida a todos los que quisieran recibirla. 540 años antes, Siddartha Gautama, más tarde conocido como Buda, abandona la tradición brahmánica de las castas indias y acepta como discípulos a todos los hombres y mujeres que desean seguir su doctrina de liberación.
Después de recibir la iniciación bautismal mediante el agua (símbolo del conocimiento) Jesús se retira al desierto y permanece en meditación durante 40 días. Allí el demonio (el ego terrenal) lo tienta para que abandone su manifestación como Cristo. Después de ese período de realización solitaria vuelve a Palestina y comienza a reunir sus apóstoles.
Luego de varios años como asceta, Siddarta Gautama se sienta a meditar 49 días bajo el árbol bodhi, es tentado por el demonio Mara, triunfa sobre él, alcanza el estado de Buda y comienza a enseñar la vía de la realización espiritual.
Tanto Jesús como Gautama no se presentan como salvadores del Mundo, sino como rescatadores de almas. Ni Jesús ni Buda demonizaron el Mundo, ni lo vieron como lugar para la lucha de poderes. Aceptaban la realidad de la vida tal como se presentaba e indicaban vías para trascender el cuerpo físico y desarrollar un cuerpo espiritual consciente que no se degradara ni muriese. Para ambos el mundo común era un lugar lleno de dolor y de encandilamientos ilusorios que cegaban la visión e impedían la vivencia liberadora de conocerse como espíritu libre; pero también era el sitio desde dónde era posible recibir la influencia de las dimensiones superiores y elevarse hacia ellas.
“Todo es dolor, todo es sufrimiento” manifestó el Buda, conmovido por el destino efímero de la existencia humana. Jesús, que miraba esa realidad desde una perspectiva semejante, asumía como suyo todo el dolor de los seres.
La Buena nueva que el predicaba, el acercamiento del Cielo, era la ayuda que procedía de lo alto para que el hombre simple y receptivo pudiera convertirse en el Hijo del Hombre, mediante la conjunción del Padre (la fuente espiritual superior) y el Espíritu Santo (la conciencia superior).
El Hijo del Hombre designa al renacido en vida a la vida eterna. El Cristo es equivalente al Bodhisatva budista, el ser que ha construido su cuerpo espiritual y, liberado del destino del tiempo y la materia, interviene en el mundo transitorio para que los demás seres alcancen esa condición.
Ni Buda ni Jesús prometen redención tras la muerte biológica. El despertar a la vida eterna es una cuestión que atañe a los que viven y han percibido la llamada: “deja que los muertos entierren a los muertos” dice Jesús, que compra a aquéllos que están ciegos a la revelación con “Sepulcros blanqueados”.

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