sábado, 22 de mayo de 2010

Recuperar el espíritu lúdico de la vida.



De ordinario, el cerebro está desenfocado y funciona de manera desincronizada, salvo cuando la atención y la intención se concentran en algo, sin fisuras ni ruidos mentales que nos distraigan de lo que estamos haciendo. Eso es exactamente lo que hacen los niños cuando juegan a solas con cualquier cosa, sin tener al alcance ninguno de esos juguetes que matan la imaginación porque la reducen a una imagen de plástico. Deberíamos observarlos y aprender de ellos. O recordar como éramos nosotros cuando estabamos impregnados del espíritu del juego; la sensación, la percepción y la intuición parecían fundirse y dar lugar a otra cosa, entonces la fuente de la creación se hacía presente.Y es que no hay nada más serio que un niño jugando. Ponen todo su interés, su atención y su intención; el juego los absorbe y su vivencia es total.
Cualquier momento es bueno para jugar, pero quizás el más adecuado sea cuando uno ha llegado a la madurez cronológica, hacía la mitad de la vida es cuando deberíamos preguntarnos quienes somos realmente y como queremos vivir.
Para encontrar las respuestas hay que ponerse serios y empezar a jugar, que es recuperar la mirada del niño e integrarla junto con la experiencia del adulto. Está es la fórmula mágica, el secreto que ya conocen los grandes creadores, que mantienen viva su imaginación y su curiosidad infantil y son capaces de divertirse al pintar un cuadro o escribir un libro. A lo mejor usted puede encontrar el placer que existe en realizar con amor y con interés sus actividades cotidianas y estará permitiendo que el poder creador despierte en su interior. Y si conecta con él, descubrirá que puede pasarlo muy bien haciendo cualquier cosa.

(Extracto Revista Año Cero)

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