jueves, 25 de junio de 2015

Un poco de Historia: América, la tierra prometida de los Templarios


Ya nadie se sorprende al escuchar de manera ampliamente argumentada que Cristóbal Colón no descubrió América, y que lejos de tropezarse con el continente por casualidad en su búsqueda de una ruta alternativa a las Indias, lo hizo a sabiendas mediante el manejo de documentación y precisas cartas de navegación que marcaban su posición. Incluso una de las últimas investigaciones de Thor Heyerdahl situaba al genovés en América en 1467 como cartógrafo de una expedición portuguesa y danesa que recalaría en Groelandia. Sin embargo, tal vez por inercia, costumbre o por la laboriosidad que supone corregir una falsedad alimentada durante cinco largos siglos, las enciclopedias, libros de textos y documentos docentes consienten en perpetuar el entuerto histórico situando el encuentro de europeos y americanos en 1492. No deja de ser cierto que los argumentos de los primeros investigadores disidentes, condenados muchas veces al ostracismo por la frecuente falta de verificación de sus propuestas, ha terminado con el tiempo por encontrar eco en ­bastantes ámbitos académicos, así como en la argumentación de los ideólogos de los emergentes movimientos indigenistas americanos, convirtiendo la llegada a América mucho antes de Colón en una verdad implícita y susceptible de ser verificada para los primeros, y en una emocional y populista reivindicación de su propia identidad y autosuficiencia cultural para los segundos. Sin embargo, el debate sigue pivotando sobre el mismo asunto: ¿fueron esas llegadas de carácter fortuito, fruto simplemente de hechos accidentales amparados en vientos y corrientes marinas favorables, o por el contrario se trató al menos en algunos casos de planificadas travesías siguiendo precisas rutas previamente cartografiadas? Es lógico que la respuesta no sea nada sencilla teniendo en cuenta el abanico de implicaciones que conlleva, implicaciones entre las cuales se hace obligado contemplar las referidas a la Orden del Temple. Y es que quizá la clave a varias de las incógnitas que rodea a su inquietante y atractiva historia –el origen de una parte de sus riquezas, el destino de su tesoro y flota, el desarrollo de su ideario sinárquico, etc– haya que comenzar a rastrearlas en el saber y dominio que desde la más remota antigüedad ha venido acumulando el hombre del arte de navegar, una destreza que pudo hacer posible el contacto entre culturas de ambos lados del Atlántico mucho antes de lo imaginable. Para cuando los templarios aparecieron en la historia, muchos pueblos ya habían navegado entre continentes. No obstante, ello no resta ni un ápice de interés a sus supuestas rutas transatlánticas bajo la bandera portuguesa, sus incursiones en las costas de Canadá por medio del clan templario escocés de los Saint Clair o su más que posible rastro a lo largo y ancho de Sudamérica. (tomado de Revista Enigmas)

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