domingo, 5 de abril de 2020

la cueva de los Tayos

Ubicado en Ecuador y explorado por el enigmático investigador Juan Móricz, ya fallecido, el complejo subterráneo de la Cueva de los Tayos es un laberinto plagado de misterios. Las evidencias arqueológicas y la recuperación en su interior de objetos supuestamente provenientes de Oriente Medio demostrarían que este enclave fue sede de una civilización antiquísima y desconocida.
En los años sesenta del siglo pasado, el investigador húngaro naturalizado argentino Juan Móricz se convirtió en el primer no indígena en entrar en la Cueva de los Tayos, una caverna –o, mejor dicho, una red de cuevas– de enormes dimensiones ubicada en la región de Morona-Santiago, en plena selva ecuatoriana. Tras haber recorrido un gran número de túneles, Móricz afirmó haber encontrado una serie de estancias repletas de estatuas y otros objetos de diversas formas, colores y materiales, así como cadáveres de algunos seres humanoides. Lo más sorprendente, sin embargo, era que en una de dichas estancias se habían apilado centenares, tal vez miles, de finas tablillas metálicas –algunas de oro– con ideogramas: una biblioteca de metal que, en definitiva, parecía proceder de una antigua civilización completamente desconocida para la ciencia actual.
En 1969, Móricz decidió dar a conocer al mundo estas maravillas y para ello procedió con la máxima cautela. Al objeto de asegurarse los derechos legales del hallazgo, lo primero que hizo fue informar por escrito del mismo al Gobierno de Ecuador. Para ello, el investigador necesitaba un abogado de confianza y, al encontrarse en Ecuador, solicitó a un amigo senador que le recomendara uno. Así fue como interviene en esta historia Gerardo Peña Matheus, un destacado abogado de la ciudad de Guayaquil, donde todavía reside, que en junio de aquel año se dirigió al despacho de Móricz, donde redactó junto a éste el informe que acabaría en manos del Gobierno. Semanas más tarde, el presidente del país autorizó una expedición oficial para levantar acta del descubrimiento de la Cueva de los Tayos.
Dado su papel como asesor legal, Peña Matheus vio las enormes instalaciones subterráneas y, también, las gigantescas piedras talladas de las que le había hablado Móricz. Pronto, la prensa se hizo eco de aquel extraordinario descubrimiento y, poco tiempo después, Erich von Däniken se personó en Guayaquil para conocer a Móricz y a Peña. La estrecha relación entre el investigador húngaro y el abogado ecuatoriano se prolongó muchos años y devino en amistad fraternal. Durante más de dos décadas, Móricz y Peña fueron inseparables y su relación sólo se vio interrumpida por la muerte del investigador en 1991. Ahora, veintidós años después de la muerte de Móricz, no hay duda de que la vida del explorador de los Tayos fue tan misteriosa e interesante como la propia cueva. Gerardo Peña Matheus nos habla de ambas.

Sebastián Cescato: En 1976, el ingeniero escocés Stanley Hall puso en marcha la mayor expedición jamás efectuada a la cueva de los Tayos: fueron decenas de científicos y militares, tanto del Reino Unido como de Ecuador, inclusive el astronauta Neil Armstrong en calidad de presidente de honor. Esta expedición consiguió recoger gran cantidad de datos científicos, pero no encontró los tesoros arqueológicos mencionados por Móricz, que se había negado a participar. ¿Qué opina sobre esto?

Gerardo Peña: Creo que la mejor prueba de esta expedición es el informe manuscrito que Stanley Hall elaboró al término de la misma. Estas páginas expresan los puntos de vista y la actitud de Hall hacia la cueva y hacia Móricz en un momento histórico concreto (ya que su relación comenzó muy bien y luego terminó bastante mal). Hasta hace poco este documento no se conocía, pero me decidí a publicarlo porque estaba en mi poder. Creo que es históricamente muy importante y por eso lo he dado a conocer. Básicamente, Hall, además de relatar el trabajo realizado en el campo de la ciencia durante la expedición, describe con claridad los hechos históricos que propiciaron la expedición. Así, al leer dicho informe, se observa que Móricz descubrió la cueva y comunicó oficialmente su existencia y la forma en que la prensa difundió el descubrimiento; ponía de manifiesto las mentiras de Erich von Däniken (ver recuadro) y todos los problemas que Móricz sufrió a causa de sus teorías y descubrimientos.

S.C.: En los años ochenta, una amiga de Juan Móricz, Bettina Allen, visitó la Cueva de los Tayos en compañía del investigador y de otras personas. ¿Nos puede contar algo?

G.P.: Me temo que no sé absolutamente nada; tendría usted que preguntar a la propia Bettina...

S.C.: Eso es lo que han hecho algunos periodistas en Argentina. Al parecer, ella les confirmó todo lo que dijo Móricz en su momento. En cualquier caso, llegaron otros visitantes más o menos inesperados en busca de Juan y de la cueva. Recuerdo, por ejemplo, al escritor y periodista español de origen alemán Andreas Faber-Kaiser, que después de entrevistar a Móricz llegó solo, sin su ayuda, a la entrada principal de la cueva de los Tayos.

G.P.: Así fue. Conocí personalmente a Faber-Kaiser y admiraba la audacia y valentía que demostró al ponerse a buscar la cueva por su cuenta. Verificó que existía y luego se las arregló para volver sano y salvo a la civilización. Recuerdo que habló mucho con Móricz, pero dudo que le hiciera revelaciones especiales. Me temo que Móricz se llevó sus secretos a la tumba.

S.C.: Al parecer estos secretos eran realmente importantes, ya que Móricz dijo a algunos amigos que había sufrido diversos intentos de secuestro y que habían atentado contra su vida. Entre otras cosas, quizá tuviera que ver con que Juan era el titular de una cincuentena de cajas fuertes dispersas en numerosos bancos de varios países…

G.P.: Móricz fue el prototipo del hombre que sabe demasiado. A pesar de que era muy introvertido, fue víctima más de una vez de ataques a su persona, afortunadamente frustrados. Sin embargo, la mayor amenaza para su vida fue su modo de vivir, que justificaba diciendo que eran «riesgos calculados». El hecho de que nunca le sucediera nada grave podría explicarse por alguna forma de protección superior y misteriosa. Llegaba a su destino al amanecer y sólo entonces comprobaba que el jeep no tenía frenos. Estacionaba su vehículo después de quince horas de viaje y justo al llegar se daba cuenta de que llevaba un neumático pinchado. ¡Una vez tuvimos una colisión frontal y salimos ilesos mientras que el otro coche tuvo un siniestro total! Juan evitaba volar, viajaba siempre sobre cuatro ruedas: cogía un autobús, llegaba a la última parada y, cuando se acababa la carretera, seguía caminando durante horas si era necesario.
No tenía un horario ni una ruta predeterminados. Escalaba solo las montañas más escarpadas, sujetándose al rabo de una mula para ayudarse en el ascenso. Construía campamentos base con sus propias manos y luego se iba a comprar alimentos o herramientas para los técnicos y trabajadores.
Nunca se desanimaba, dormía al aire libre, no llevaba armas y se abría camino a golpe de machete. ¡No tenía miedo! Desconocía que tuviera una caja fuerte de seguridad, pero tal vez le hiciera falta par guardar algunos papeles y documentos importantes, sus notas de investigación...

S.C.: Es sabido que Móricz tenía un carácter indomable, valiente y decidido, como usted acaba de describir. Sin embargo, ¿es posible que un hombre responsable, íntimamente convencido de que había hecho un descubrimiento de gran importancia histórica para la humanidad, muriera sin decirle a nadie la ubicación exacta de la biblioteca de metal?

G.P.: En mi opinión, Móricz reveló lo suficiente en vida y nos facilitó una importante cantidad de conocimientos. Revelar la entrada secreta a la biblioteca de metal habría supuesto dar carta blanca de forma automática a aventureros, turistas y curiosos; al llegar al lugar, cada uno se llevaría un bonito recuerdo arqueológico. Así que tal vez sea mejor así. Móricz estaba convencido de que no había llegado el momento para algo así y puede que no haya llegado todavía.

S.C.: Sabemos que Móricz reveló la ubicación de la Cueva de los Tayos en el río Coangos en vez de indicar la ubicación exacta de la cueva con la biblioteca de metal. Se ha dicho que la cueva de los tesoros está muy lejos de allí y que se encuentra en el río Yaupi. Es evidente que había dos cuevas a partir de los nombres que Móricz asignó a las etapas de su expedición de 1969: Cueva de los Tayos la primera y Táltosok Barlangja (es decir, Cueva de los Seres Superiores, en húngaro) la segunda.

G.P.: De hecho, la Cueva de los Tayos es la puerta de entrada al mundo subterráneo y luego hay otro conjunto de cuevas que se corresponde con el patrimonio cultural de los antiguos taltos, como los llamaba Móricz. Según dijo, con el fin de completar la segunda parte de la expedición, tuvieron que caminar muchos kilómetros, tanto en la selva como bajo tierra, así que pensábamos que se llegaría a la cueva de los Seres Superiores desde la cueva de los Tayos en Coangos. Sin embargo, es posible que se pudiera llegar a ese lugar bajando por otro lado mucho más alejado. Juan había dividido la expedición de 1969 en dos partes, para dar la máxima credibilidad a su descubrimiento; primero con la verificación visual de la existencia de la cueva y luego con el descubrimiento oficial de sus tesoros. La segunda etapa de la expedición no se completó: hubo desacuerdos internos y sobre todo inercia por parte de los agentes gubernamentales que impidieron seguir adelante.

S.C.: Móricz estaba seguro de ser el único capaz de llegar al tesoro; dijo que sería imposible encontrarlo sin su ayuda y no se preocupó cuando la expedición británico-ecuatoriana de Stanley Hall descendió a la cueva con decenas de científicos y militares. Tal vez tanta seguridad se debía al hecho de que la mejor forma de llegar a la biblioteca fuera entrando por Yaupi. Cito lo que dijo Móricz sobre la expedición de Hall: «Entró en una de estas cuevas, la única que he dado a conocer». ¿Le contó su amigo dónde estaba exactamente la cueva de la biblioteca?

G.P.: Nunca se lo pregunté y no creo que Juan me lo hubiera revelado. Además, cuando en un momento determinado le dije que no había que preocuparse de que alguien llegara a la cueva de los Seres Superiores, me respondió: «No te preocupes, Gerardo, nunca la encontrarán porque ahora es físicamente inaccesible». Según él, para llegar allí era necesario obtener tanto el consentimiento de los guardianes indígenas de la zona como el de «los de abajo».

S.C.: Juan Móricz dijo a sus amigos Julio Goyén Aguado y Bettina Allen que, con una pequeña explosión, había provocado un deslizamiento de tierra en la entrada de la cueva de los Seres Superiores, para asegurarse de que nadie más pudiera encontrar la biblioteca de metal. ¿Sabe usted algo?

G.P.: Creo que era físicamente imposible, incluso para Móricz, derribar las estructuras de piedra en medio de la selva. Pero estaba seguro de lo que decía. Usted debe saber que Juan estaba convencido de que podía establecer contacto telepático con los taltos o belas, habitantes del mundo subterráneo, y probablemente había recibido esta información de ellos.

S.C: Volvamos a 1976 y a la expedición británico-ecuatoriana de Stanley Hall y Neil Armstrong. Hall fue acusado de organizar una expedición con la aviesa intención por parte de la masonería escocesa y de la Corona británica de saquear la cueva.

G.P.: Estoy al tanto de tales acusaciones, pero una cosa es la suposición y otra cosa los hechos. Así y todo, Móricz albergaba sospechas contra Hall y probablemente eran de esa índole. De todos modos, Juan, como descubridor de la cueva que era, quería dirigir la expedición y, cuando no se le permitió hacerlo, decidió no participar. Los británicos verificaron los datos aportados por Mórizc en la primera expedición de éste, pero sin su ayuda no pudieron ir más lejos.

S.C.: Móricz se presentaba como investigador y científico. Pero la faceta más mística y esotérica de su personalidad no era tan conocida. Móricz llegó a decir que había sido «iniciado» en Siberia y que tenía contacto directo (tanto telepático como físico) con los belas, los antiguos habitantes del mundo subterráneo que le habían permitido llegar a la biblioteca de metal transmitiéndole su ubicación exacta. ¿Estaba usted al tanto de estas declaraciones?

G.P.: Mire, no sé nada de tal iniciación en Siberia. De hecho, cuando tenía que rellenar un documento o se le preguntaba cuál era su profesión, Juan respondía que era un investigador científico. En cuanto a los habitantes del mundo subterráneo, Móricz me habló de los belas, pero nunca me dijo que tuviera contacto telepático con ellos. No obstante, supongo que cuando hablaba de ellos se refería a que estaba seguro de que protegían los tesoros arqueológicos que él había descubierto… con su permiso.(continuará)
/Año Cero)

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