“Entré y contemplé con el ojo de mi alma (sea lo que sea)
la: inalterable luz más allá de mi visión ordinaria y más allá
de mi mente. No era una luz ordinaria que pudiera ser
contemplada por toda la Humanidad, ni era una luz más
grande que la luz común, como si la luz del día pudiera
hacerse más brillante hasta que inundara todo el espacio.
Estaría diciendo muy poco si sólo dijese esto. No, no era la
vulgar luz terrenal, sino otra cosa, lejos de ceso. Tampoco
estaba sobre mi mente, como el aceite yace sobre el agua,
o como el cielo está sobre la tierra; esa luz me envolvía y
trascendía toda descripción. Era la luz que me creó. Quien
sepa la verdad sabrá qué es esa luz; y quien la conoce
conocerá la eternidad.
San Agustín (“Confesiones”)
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